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me quiere... no me quiere
Mia Couto
Novela breve y engañosamente sencilla en la que Mia Couto despliega, con un lirismo oblicuo, una meditación sobre el tiempo, el deseo y la intemperie afectiva. A través de la voz de Zeca Perpétuo, pescador jubilado que vive a la deriva del presente, el relato se construye como una conversación demorada, hecha de rodeos, proverbios heredados y pequeñas fábulas donde el mar no es solo paisaje sino forma de pensar. El vínculo con la vecina Luarmina —amor insistente, nunca consumado— organiza la narración y le da pulso a una prosa que avanza más por asociaciones poéticas que por causalidades narrativas, fiel a una lógica donde recordar duele y el futuro, sencillamente, no existe.
Sin dramatismos evidentes ni giros espectaculares, Couto compone una historia profundamente melancólica sobre lo que no fue y lo que ya no será, pero también sobre la persistencia del deseo como último gesto vital. La novela dialoga con la tradición oral africana, con la herida colonial y con una concepción del tiempo ajena a la linealidad occidental, todo filtrado por una lengua que parece traducirse a sí misma mientras se escribe. El resultado es un texto contenido, de una belleza discreta y persistente, que no busca conmover por acumulación de hechos sino por decantación: como el mar que va y viene, dejando en la orilla restos de vida, memoria y palabras

Mia Couto (Beira, Mozambique, 1955) es el seudónimo de António Emílio Leite Couto. Biólogo y periodista, su obra se caracteriza por una prosa lírica que recupera la estructura de los proverbios y la tradición oral africana para narrar las complejidades de su país. Ganador del Premio Camões (2013) y del Premio Neustadt (2014), es autor de una extensa producción narrativa que incluye títulos fundamentales como Tierra sonámbula, El último vuelo del flamenco y La terraza del frangipani.

fotografía
marioneta gigante de papel maché
En los desfiles urbanos de Mozambique, las marionetas gigantes de papel maché permiten crear figuras alegóricas de escala monumental y baja densidad. La técnica de modelado genera rostros de rasgos fijos que resultan en una mirada estática y artificial, proyectada sobre la multitud desde una altura que carece de vida biológica.
Esta estética de visión desnaturalizada encuentra su eco en Me quiere… no me quiere, donde el océano altera irreversiblemente los ojos de Agualberto Salvo-Erro. Sus iris pierden el pigmento humano para volverse primero transparentes y luego “todos blancos, como las conchas lamidas por mucho sol”,. Al igual que la marioneta, el personaje queda con una mirada vaciada que, aunque ciega para el mundo cotidiano, ve con nitidez “del lado de la muerte
violeta luna
coral negro

Violeta Luna (Guayaquil, 1943) es una poeta y ensayista ecuatoriana, catedrática de literatura y miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Su poema “Coral Negro” utiliza el elemento marino como una metáfora física de la angustia: el coral se describe como un “negro nudo” y un objeto que atrae el vacío y la soledad, manifestando en los versos finales la necesidad imperiosa de devolverlo a la arena para anular la tristeza que provoca su tenencia.
Esta concepción del objeto marino como carga emocional encuentra un paralelo directo en Me quiere… no me quiere. En la novela, el coral negro o konkuene no es un hallazgo fortuito, sino la materialización del dolor: la madre de Zeca explica que el coral nació de una lágrima del padre que se solidificó al caer al mar. Al igual que en el poema, este objeto no está destinado a ser poseído, sino restituido; Agualberto lo utiliza como una ofrenda única y sagrada que debe depositarse en el hueco del “árbol de los antepasados” para saldar cuentas con su propia historia

flor de amor
omara portuondo
Figura central de la música popular cubana, publicó Flor de Amor en 2004 como un trabajo dedicado a la canción romántica y al repertorio tradicional latinoamericano. El disco reúne boleros, sones y composiciones de autores clásicos, abordados con arreglos contenidos y una instrumentación que prioriza la transparencia sonora. La interpretación se apoya en una voz ya plenamente formada, donde el peso expresivo recae en el fraseo, la economía de recursos y una lectura consciente de cada texto, más cercana a la narración que al lucimiento vocal.
En ese marco, Flor de Amor establece un vínculo natural con el libro de Mia Couto, que también se construye desde la ambigüedad y la suspensión de certezas. Tanto el disco como el texto evitan las afirmaciones concluyentes y se detienen en los pliegues del deseo, la espera y la memoria afectiva. La música de Omara acompaña esa lógica: no ilustra la lectura, sino que la refuerza desde un clima compartido, donde el amor aparece como una experiencia inestable, marcada por el vaivén entre la afirmación y la duda.

a flor do mar
joao césar monteiro
A Flor do Mar (1986) es una película que evita la narrativa convencional para centrarse en la inercia de una familia en la costa del Algarve. La trama se limita a la llegada de un extraño herido a una casa donde tres mujeres viven una existencia estancada, marcada por la ausencia y la decadencia de una clase social que ha perdido su propósito. Monteiro utiliza una puesta en escena minimalista, con encuadres fijos y una atención rigurosa al sonido del mar, eliminando cualquier distracción dramática para exponer la soledad y el aislamiento de sus protagonistas.
Zeca Perpétuo, al igual que los personajes de Monteiro, habita un “presente suficiente” porque ha renunciado a la fatiga de pensar y pescar. Luarmina representa ese resto de naufragio que el mar no termina de digerir, vinculándose con la idea del film de que el océano es un umbral donde los recuerdos se quedan anclados de forma permanente. En ambos casos, el mar no funciona como un paisaje de libertad, sino como el factor físico que asegura que nada cambie y que el tiempo se mueva únicamente en ondulaciones que regresan siempre al mismo punto.
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cáscara de naranja amarga

La cáscara de la naranja amarga (Citrus aurantium) se caracteriza por una alta concentración de aceites esenciales y una textura rugosa y resistente. Tras el proceso de deshidratación, la corteza pierde su contenido hídrico y se endurece, preservando el aroma cítrico pero revelando en el paladar una astringencia marcada y seca. Al retirar la pulpa para su conservación, lo que persiste es una estructura hueca, un contenedor rígido que mantiene la forma exterior del fruto pero carece de núcleo sustancial.
Esta morfología botánica de envoltorio sin contenido es la metáfora exacta que Mia Couto utiliza en el sexto capítulo de Me quiere… no me quiere para definir la naturaleza del secreto. El protagonista, Zeca Perpétuo, explica que un secreto funciona como “una naranja de un solo gajo”: una vez consumido el hecho, lo único que permanece es “la cáscara forrando el vacío”. La inclusión de esta especia permite materializar sensorialmente esa descripción, invitandonos a experimentar la “amargura de tomar un fruto sin interior” que define el peso del silencio entre los personajes.
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